¡Cuidado!La palabra más usada

¡Cuidado! Esa palabra tan usada en mi caso es consecuencia de una herida primaria de la que te hablaré en este artículo hoy.

Mi hija siempre en cuestión de equilibrio o de motricidad gruesa le ha costado un poco lanzarse, por falta de seguridad o por falta de madurez. Ahora con 32 meses empieza a soltarse y probar con cosas con las que nunca había probado porque o no estaba preparada o porque le asustaban un poco.

Ha influido mucho un proceso de reflexión que he llevado a cabo y que me ha llevado a un ejercicio de autocontrol por mi parte en el que he tratado de evitar usar tanto la palabra que usamos muchas madres y muchos padres y, también, muchos abuelos y abuelas: ¡cuidado!

Iba a bajar por las escaleras: ¡cuidado, agárrate bien!

Iba a saltar: ¡cuidado que te puedes caer!

Iba a correr: ¡vete despacio!

Buff, solo de pensarlo, menudo agobio. Y menudo mensaje se le transmitía: ten cuidado porque el mundo es peligroso, y sobre todo: no confío en tu capacidad de moverte porque pienso que te vas a caer en cualquier momento.

Todas estas reflexiones, aunque estaban ya en alguna parte de mí, salieron a raíz de un taller al que fui con la psicóloga Natalia Guedeja organizado por la Asociación Rede CRIA de la que ya te hablé. Este taller llevaba por título La herida primaria.  En él confirmé muchas cosas que sospechaba. Para mí la maternidad me ha removido mucho porque he visto reflejos de mi propia infancia, y creo que eso nos ocurre a todas y todos en mayor o menor medida.

La herida primaria habla de los traumas o cicatrices que tenemos de nuestra infancia, nuestro problemas no resueltos, y cómo los proyectamos en nuestros hijos de manera inconsciente o incluso consciente en ocasiones.  La manera en que nos criaron a veces la repetimos con nuestros hijos y hay ciertas cosas que no queremos repetir porque nos han ocasionado algún dolor o no nos han gustado. Aunque como dice Natalia, no significa que no queramos a nuestros padres o que lo hayan hecho mal, porque no es así, lo han hecho lo mejor que han podido al igual que nosotros lo hacemos lo mejor que podemos.

A veces son cosas más obvias y que tenemos más claras y otras son temas más enterrados o profundos de los que no encontramos relación en un primer momento.

En ocasiones empiezas a investigar en tu propia infancia tratando de encontrar respuesta a actuaciones o comportamientos que tienes con tus hijos y no entiendes el por qué. Por que nuestros hijos activan en nosotros partes que teníamos ocultas, activan a nuestro niño interior que estaba dormido y que ahora despierta para decirnos cosas que muchas veces no nos gusta escuchar o preferiríamos que siguieran ocultas.

Yo fui una niña, según lo que recuerdo o lo que me dicen o incluso lo que proyectaban en mí, muy “torpe”, aunque ahora sabiendo lo que sé, creo que era una niña normal que se movía mucho y que por consecuencia se caía mucho. Podría considerarse que era “delicada” también, ya que siempre me luxaba o me hacía esguinces con mucha facilidad, y me dolía todo mucho. Crecí creyendo eso de mí porque en parte era verdad, aunque a los 18 años se descubrió que había una causa para todo eso, una enfermedad que dio la cara cuando empecé la universidad.

Y de algún modo, proyecté inconscientemente eso en mi hija, aunque en ocasiones era muy consciente de ello. Ninguna madre quiere que le ocurra lo mismo que le ha ocurrido ella y le ha hecho daño, y mucho menos que tenga la misma enfermedad que ella.

Mi manera de proyectarlo era estar muy atenta a cualquier síntoma que denotara que podría heredar mi problema, y también, aunque de una manera menos sutil, el miedo o la preocupación de que así fuera lo transmitía con esos : ¡cuidado! , porque así es cómo yo crecí, teniendo que tener cuidado porque era “delicada”.

Después de todas estas reflexiones decidí cambiar mi proyección en ella y confiar. Confiar en que ella no tiene por qué ser como yo y confiar en ella como persona capaz de gestionarlo en caso de que así sea. Así que cambié el discurso. En vez de frenarla con mis alertas, decidí alentarla para que ella misma confíe en ella y su capacidad de movimiento.

Así que empecé a decirle cosas como: ánimo, inténtalo, seguro que lo consigues, mamá está aquí si lo necesitas, confía en ti, etc.

Y parece magia pero en cuestión de una semana con esta nueva actitud, empezó a atreverse a cosas que nunca había hecho antes, cosas tan sencillas pero importantes como bajar escaleras sin pedirme la mano, saltar con los dos pies juntos, escalar, correr libremente…

No se trata de sentirse culpable o acarrear toda la responsabilidad pero sí reflexionar y tratar de mejorar y no proyectar nuestros propios problemas o inseguridades en nuestros hijos. Es decir, llevar una maternidad o paternidad consciente.

Siempre pensé que el ser tan consciente de las cosas te acarreaba mucho más trabajo y a veces más disgustos que el no serlo, pero también te da poco a poco, más libertad en tu vida y más felicidad cada vez que logras desbloquear un tema no resuelto o difícil.

Y puedes pensar sobre el qué hacer con todos esas alertas que vienen de fuera y no puedes controlar, es decir, de los abuelos maternos, abuelos paternos, amigos, tíos o tías o cualquier otra persona. Pues dirígete a tu hijo o hija que es a quién le quieress transmitir tu mensaje y dile, tranquila/o cariño, mamá confía en ti. Y ya.  Aunque nos cueste creerlo muchas veces y aunque por momentos parezca que lo de fuera tiene más peso que lo de dentro de casa, no es así. Somos su primera y más importante referencia y si mamá o papá dicen: confiamos en ti, ellos tendrán todo lo que necesitan. Y aunque pasen mucho tiempo en el cole o con los abuelos, los padres y las madres son quienes tendrán más peso.

Heridas primarias tenemos más de una muchas veces, yo al menos las tengo, algunas con más peso que otras. Cuando esté preparada te hablaré de otra que aún no tengo resuelta y que me cuesta un poco más gestionar por si fuera de ayuda para ti.

Espero que ésta lo haya sido.

Y tú, ¿Cómo vives los “¡cuidado!? ¿Y tus heridas primarias?¿Las reconoces?

 

 

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